#44 - Introducción

(Best Behavior, 2011)

Copyright © 2011 Noah Cicero
Copyright de la traducción © 2013 Sergio Espinosa 
All rights reserved. 



Durante toda una semana en enero de 2009 fui con una mochila llena de literatura clásica estadounidense a la Waffle House. Todas las noches bebía café y comía lo mismo: un gofre, dos hamburguesas de salchicha, dos huevos fritos y sémola de maíz. La sémola me la comía con mantequilla y azúcar.
Los libros que me llevé fueron Fiesta de Ernest Hemingway, El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, En el camino de Jack Kerouac, El almuerzo desnudo de William S. Burroughs, Los desnudos y los muertos de Norman Mailer, Vía revolucionaria de Richard Yates, La campana de cristal de Sylvia Plath, Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey, Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson, La pesca de la trucha en América de Richard Brautigan, A sangre fría de Truman Capote, Las leyes de la atracción de Bret Easton Ellis y Luces de neón de Jay McInerney.
Solía ir a la Waffle House de la I-80 en Hubbard a las 12:30 de la mañana y ponía los libros sobre la mesa.
La camarera me preguntaba: «¿Qué haces, Noah?».
Yo le respondía: «Investigo cosas importantes».
Quería escribir un libro. Un libro que definiera a una generación. ¿Por qué? No sé. Puede que por aburrimiento. A veces la gente se aburre y piensa que, por hacer algo, estaría bien escribir una novela y definir a una generación.
Ella me contaba: «Hoy mi hijo no ha parado de vomitar». A lo que yo respondía: «¿Le ha llevado al médico?». «Sí, me ha dado una receta para que compre antibióticos. Probablemente mañana ya esté mejor», decía. Y luego se iba.
Cada noche leía aquellos libros, tratando de descifrar, tratando de obtener el conocimiento secreto que había permitido a sus autores escribir una novela y definir a una generación. Normalmente alcanzaba cotas de reflexión muy profundas y el camarero me preguntaba: «Noah, ¿quieres más café?». Yo alzaba la vista y le contestaba: «Sí, por favor». Él me servía el café y yo me lo bebía. Pasaban las horas. A veces hasta le daba cabezazos a los libros. Los camioneros se reían de mí mientras comían gofres con huevos revueltos. Incluso lloré un par de veces. Ernest Hemingway no paraba de reírse de mí. F. Scott Fitzgerald se emborrachaba y me vomitaba en el coche. William Faulkner, John Steinbeck, Saul Bellow y Philip Roth me mandaban correos electrónicos preguntándome por qué no les tenía en la mochila.
Traté de recordar la primera vez que había leído aquellos libros. Aún estaba en el instituto cuando leí Fiesta y En el camino. Me dieron muchas ganas de vivir. Los libros presuponían que la vida era genial y que la felicidad era maravillosa. Hace poco me enteré de que gran parte de la felicidad del siglo XX fue debida al uso industrial del petróleo, el gas natural y el carbón, lo cual produjo un excedente de alimentos. Eso significa que todas estas grandes novelas antiguas en las que se supone que el lector admite que el espíritu de la época es el que creaba la nueva felicidad se basan en algo falso y que muchos de los libros del siglo XX podrían clasificarse en la sección «Uso masivo de petróleo y sus efectos en los seres humanos».
Durante aquellas noches de enero de 2009, sentado en la Waffle House, yo tenía una visión muy cínica de la realidad. Acababa de leer Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond, The Medieval World de Norman Cantor, La gran emergencia de James Kunstler Howard y Pimp: Memorias de un chulo de Iceberg Slim. Esos libros me hicieron ver que el mundo era un montón de mierda donde no existía ningún valor espiritual, que las personas se encomendaban solamente a aquello que les hacía sentir mejor y que todos todos, incluso los animales tenían su propia versión absurda de la realidad. También que la vida humana dependía de los recursos, del terreno fértil y de las gestiones de los gobiernos.
Escribir una novela que definiera a una generación no iba a ser fácil. Ya lo sabía. Sabía que necesitaba algo. Necesitaba tener una generación. De acuerdo con Internet, dado que los personajes de esta novela nacieron todos entre 1980 y 1985, esta novela trata de la Generación Y. Algunos la llaman la Generación del Milenio. La verdad es que me gustaría ser yo mismo quien bautizara a mi generación, siempre ha sido uno de mis sueños. He aquí algunas ideas:
Generación de amantes de los cacharros
(acortable a Generación Cacharro).
Generación SMS.
Generación de Graduados sin Trabajo.
Generación del Porno en Internet.
Generación iPod.
Generación «Fumar es muy caro así que mejor lo dejo».
Generación «Algunos fueron a la guerra, otros fueron a la universidad y otros fueron a dar una vuelta».
Generación Irónica.
Nadie escogerá ninguno de estos nombres. No son ni llamativos ni suficientemente cortos. Aunque la Generación Irónica quizá funcione.
Ninguno de los libros me sirvió. Sencillamente porque no trataban sobre mi generación. La verdad es que no conozco el significado exacto de esa palabra. Supongo que la palabra «generación» agrupa a un conjunto de personas que nacieron y fueron criadas en una cierta época en unos países determinados por una generación anterior a la suya, la cual posee ya un nombre especial propio. Pero hay que reconocer que existen ciertas constantes en todas las generaciones: cualquier persona de cualquier generación caga, come, necesita un hogar, tiene relaciones sexuales y no se alegra cuando pasa algo malo.
Así que, para definir a mi generación, las preguntas son: ¿cómo cagamos?, ¿cómo habitamos nuestro hogar?, ¿cómo tenemos relaciones sexuales?, ¿cómo reaccionamos cuando pasa algo malo? Creo que esas son las preguntas. Y he aquí una respuesta muy larga:

City of words

*
Todos aquí hemos vivido y muerto muchas veces, es por eso que seguimos actuando.

Vito Acconci